El rincón de Koreander

“Ante él tenía una habitación larga y estrecha, que se perdía al fondo en penumbra. En las paredes había estantes que llegaban hasta el techo, abarrotados de libros de todo tipo y tamaño”. La historia interminable, Michael Ende – BLOG DE LITERATURA FANTÁSTICA –

RELATO: ‘El primer enfermo’, de Cristina Jurado Marcos

INAUGURAMOS NUESTRA SECCIÓN DE RELATOS BREVES CON UNA HISTORIA DE TERROR ESCRITA POR CRISTINA JURADO, LA AUTORA AFINCADA EN DUBÁI QUE ACABA DE PUBLICAR LA NOVELA ‘DEL NARANJA AL AZUL’

Este relato pertenece a su autora, que ha dado permiso a ‘El rincón de Koreander’ para su publicación. El contenido del mismo no podrá ser reproducido sin la autorización expresa de su propietaria.

EL PRIMER ENFERMO, de Cristina Jurado Marcos

El informe que tenía entre las manos era imposible. Primero por su tamaño. Segundo por su contenido. El doctor Romero nunca había visto un historial médico de tantas páginas y no pudo evitar que la curiosidad inicial sobre aquel caso se transformase en una incomodidad difícil de definir. Su nuevo paciente, Genaro  Contreras, acabada de ser admitido en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital y como jefe del servicio, Romero había pedido consultar sus antecedentes clínicos. Le trajeron varias carpetas atiborradas de análisis, radiografías, resonancias, tests, ecografías, exámenes y pruebas de todo tipo, algunos de los cuales habían sido efectuados varias veces a lo largo de los años.

Ante aquella ingente cantidad de información el doctor decidió abrir la primera carpeta para intentar descubrir los datos médicos más recientes sobre el paciente. Las dolencias padecidas por aquel sujeto en los últimos meses parecían sacadas de un manual. Se trataba de afecciones más o menos comunes pero, eso sí, extraordinariamente virulentas y que se sucedían una tras otra en el tiempo. Era como si aquel hombre no hubiese tenido tiempo de recuperase de una enfermedad cuando la siguiente ya le atacaba sin piedad. El doctor Romero pensó en un primer momento que Contreras sufría algún tipo de disfunción del sistema inmunitario. Sin embargo tuvo que desechar la idea porque, sorprendentemente y contra todo pronóstico, el enfermo acababa recuperándose sistemáticamente. Si su sistema inmunitario fuese deficiente, no hubiera podido recobrarse totalmente de cada dolencia, como certificaban los informes.

Al doctor Romero no le gustaban las sorpresas ni los misterios. Estudiar medicina le había permitido anticipar las primeras y esclarecer los segundos. Él entendía que cada enfermedad presentaba un cuadro clínico que únicamente esperaba ser diagnosticado para poder recibir el tratamiento adecuado. Sin embargo, aquel paciente desafiaba cualquier explicación racional. En doce meses, Genaro Contreras había contraído diabetes, Alzheimer y una úlcera duodenal.

Asimismo se señalaba en el informe que había padecido y superado un linfoma de Hodgkin, la fiebre amarilla, una angina de pecho, malaria, asma estacional, soriasis, intolerancia a la lactosa y al gluten, cirrosis, estrabismo, Parkinson, una peritonitis, hepatitis C, tuberculosis, disentería, cuatro accidentes de tráfico, una pancreatitis, dos infartos de miocardio, osteoporosis y una neumonía.

La mente racional del doctor Romero dudaba de la veracidad de aquel historial. Resultaba muy difícil creer que una persona que hubiera soportado todas aquellas afecciones estuviera aún viva. A través de la cristalera que lo separaba de la UCI podía vislumbrar el rostro descolorido y ajado del paciente, de una edad indefinida, al que ahora se administraba oxígeno a través de una mascarilla. Ingresado minutos antes tras haber sufrido una parada cardio-respiratoria, el personal de la unidad había conseguido estabilizar sus constantes vitales.

Había un dato que se le había quedado grabado. Como no estaba seguro de haber leído correctamente, el doctor volvió a mirar la fecha de nacimiento de Contreras. Con un suspiro cerró el informe y se dirigió hacia la entrada de la UCI.

Tras completar el protocolo de antisepsia, dejó que una de las auxiliares le colocaran la máscara y los guantes de látex que le permitirían acercarse al enfermo sin riesgo de contaminarlo con algún germen del exterior.

Detrás de una maraña de sondas, Genaro Contreras mostraba los 100 años que aquel mismo día cumplía. Infinitas arrugas surcaban su cara y hacían que su piel mostrase la misma textura que el cartón corrugado. Estaba tan delgado que los huesos se adivinaban sin necesidad de utilizar la imaginación. Romero no se explicaba cómo aquel hombre había llegado a vivir tantos años con una existencia tan cargada de padecimientos. Si empezaba a pensar en todos los síntomas que se habían manifestado en Genaro, podía hacerse una buena idea de la cantidad de dolor que había tenido que soportar. A pesar de ser racional y poco impresionable, el doctor sintió que se le erizaba el vello con sólo pensar en el calvario que aquel individuo había tenido que vivir.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para hablar sin elevar la voz, se dio cuenta de que el paciente movía las manos hacia la mascarilla que le administraba oxígeno.

El doctor Romero se apresuró a calmarlo.

–Tranquilo, señor Contreras. No debe alterarse por nada. Estamos aquí para ayudarle. Necesita usted la mascarilla para poder respirar bien.

El enfermo parecía no hacer caso a sus palabras y se limitaba a negar con un leve movimiento de la mano derecha. Había abierto los ojos que eran unas finas ranuras esculpidas en su calloso rostro. Lo miraba con una expresión indefinible, mezcla de terror y compasión, que puso un poco nervioso a Romero.

-Ya sé que es extraño despertarse y encontrarse en la UCI, pero le puedo asegurar que usted está en buenas manos-, afirmó con aplomo el doctor. En ese momento le pareció oír algo parecido a una ahogada risa.

-Ha sufrido una parada cardio-respiratoria y hemos podido estabilizarle de manera que no ha sido necesario entubarlo. Tenemos que alegrarnos por ello-, añadió Romero de manera condescendiente.

Podía jurar que entonces el paciente había emitido una auténtica carcajada, lánguida y agarrotada. Un brillo extraño se apoderó de sus ojos exiguos. Romero había visto aquel brillo en otros pacientes, siempre en la unidad de tratamiento psiquiátrico, y se preguntó si Genaro Contreras no estaría también aquejado de demencia senil.

El hombre seguía intentando despojarse de la mascarilla de oxígeno.

–Pero, ¿no ve que si se la quita no va a poder respirar? Es mejor que se relaje y ya verá como en seguida le podemos retirar la respiración asistida.

El doctor no conseguía tranquilizar a aquel extraño paciente que se debatía para liberarse. Ponderando su edad y su maltrecho estado de salud, dedujo que acceder a su deseo probablemente conseguiría calmarlo temporalmente.

-Bueno. ¡Tranquilo que ahora se la retiro! Pero tiene que prometerme que se va a relajar.

Genaro Contreras lo miraba fijamente mientras se dejaba asistir. Entonces Romero oyó su voz entrecortada.

-El primer paciente…

-¿Qué quiere decir? ¿Quién es el primer paciente? ¿Es usted Genaro?-, preguntó el doctor.

-La maldición..-. El enfermo sólo emitía frases entrecortadas, lo que para Romero era un claro ejemplo de la sintomatología que presentaban los afectados por trastornos mentales relacionados con la edad avanzada.

Como era su cumpleaños, decidió seguirle el juego para hacerle sentir mejor. –Una maldición… ¡a su edad! ¡Pero si es usted es un superviviente! Tiene que ponerse bueno para celebrar esos cien años como se merecen.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Genaro Contreras habló.

-Es la maldición del primer paciente… desde tiempos inmemorables… en cada generación hay un ser humano que debe sufrir incontables enfermedades sin tener un respiro… No morirá porque ira recuperándose de todas y cada una… No podrá acabar con su vida, porque la maldición no se lo permite… y el día que cumpla el siglo, terminará de padecer cuando transmita a otro su carga… La persona que lo escuche antes de morir será el nuevo maldito… y tendrá que padecer lo indecible.

Aquellas fueron sus últimas palabras.

Cuando el resto del personal de la UCI entró para atender la alarma disparada cuando las constantes vitales de Genaro Contreras se apagaron, encontraron al doctor Romero en el suelo víctima del que sería el primero de sucesivos ataques epilépticos.

***********************************

Cristina Jurado Marcos (Madrid, 1972) reside en Dubái y es licenciada en ciencias de la información por la Universidad de Sevilla, además de poseer un máster en retórica por la Universidad de Northwestern (EUA). Mantiene un blog dedicado llamado ‘Más que ciencia ficción‘ en la web Libros.com. En este género acaba de publicar su primera novela titulada ‘Del naranja al azul‘, un proyecto que además de literatura combina música y que está desarrollado en su propia página web: dnazprojet.com.

3 comentarios el “RELATO: ‘El primer enfermo’, de Cristina Jurado Marcos

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  2. Ramón Merino
    10/11/2012

    ¡Muy buen relato! El final es inquietante…

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Esta entrada fue publicada en 25/10/2012 por en Relato y etiquetada con , , , , , .

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